misantropía


El espacio propio, la casa, es un refugio.Al parecer esto es una máxima, o un lugar común que muchos se han volcado a resolver como quién intenta descifrar el enigma de toda una existencia. Sin embargo desde el lado equidistante podemos plantearnos otra pregunta ¿de qué nos refugiamos? ¿de qué me protejo? No me parece tan importante el cómo y mucho menos el por qué, sin embargo siento un morbo absoluto por el ¿de qué?.
Si salto por encima de lo básico (intemperie, alimañas o depredadores) que aparentemente nos queda muy alejado en el tiempo, no encuentro una razón lo sufientemente lógica para explicar el ostracismo (¿o sería más correcto hablar de enclaustramiento?). Es algo menos rudimentario, complejo en cuanto a la necesidad vital de alejamiento, distancia para desvincularse y ser observador y, al mismo tiempo, la ineludible implicación que se siente, de tal manera que es preciso el distanciamiento para subsistir. A pesar de este intento por contestar a mi pregunta creo que la respuesta la expresó Jean Paul Sartre con claridad y exactitud: "el infierno son los otros".
Existe una suerte de leyenda urbana (aunque mi madre jura y perjura que es cierto yo no logro recordarlo), en la que se afirma que de niña, mientras iba sentada en el cochecito, hacía ademanes con las manos para quitar a la gente que tenía delante o se cruzaba a nuestro paso. "Era un espectáculo digno de ver”. La escena: mi madre apurada, mi hermana sentada en el apoya pies y yo inclinada hacia adelante dando manotazos al aire ignorando por completo mi pequeñez. Hilarante mi determinación es cierto, pero aterrador el presagio de la misantropía.

CC

la tiza y el suelo

El suelo es de un rojo ladrillo intenso, con una superficie satinada muy lisa y también extra deslizante. Trazo líneas discontínuas con una tiza utilizando como guías las juntas de las baldozas y pretendo sintetizar en el esquema el valor de una pared, una puerta o una ventana. Me basta sólo con una representación lineal, virtual, el resto es parte de una construcción imaginaria que encuentra en la línea de tiza todo lo necesario para manifestarse, para tomar cuerpo y funcionar como un canal del deseo (podría recurrir para explicarlo a la metáfora del nido o del útero pero me resultan un cliché, incluso en mi caso quizás llegaría hasta lo edípico, pero me inclino a pensar en la estética y el poder que te otorga al manipular el espacio a tu antojo). Es algo obsesivo por lo reiterativo, el dibujo pasa del papel al suelo y después de nuevo al papel, y descubro el soporte de pixeles que me absorbe, me deslumbra sólo por un momento, ya que me voy al lienzo con el que me siento 'como pez en el agua', pero finalmente vuelvo al suelo y a la tiza. La síntesis de la geometría y la imaginación pura.

espacios utópicos, lugares imaginarios

El espacio se ha vuelto un bien valorado, no tanto por su precio como por la imposibilidad de pagarlo. Se vuelve utópico no por la idealización de una urbe perfecta, como soñaron muchos arquitectos a lo largo de la historia, sino porque la consumación  de la posesión se aleja cada vez más de las posibilidades reales. Si la Utopía es esa gran escurridiza que mantiene en tensión el deseo, que funciona como un gran motor de realizaciones individuales y colectivas, cuan simple hemos devenido y que nivel de involución experimentamos como cultura dominante, que la posibilidad de un espacio propio se ha transformado en Utopía (no ya la de una sociedad más justa, ni la de los derechos humanos como praxis y ni mencionar la libertad, que resultan del todo anacrónicas, al parecer). Admitámoslo el instinto se mezcla con la cultura del bienestar, se estrecha la franja entre naturaleza y cultura hasta casi pasar desapercibido, ha hecho mella en nosotros, que infelices nos sentimos por no poseer una casa propia, o cuanta desesperación nos produce que nos condenamos a perpetuidad con  instituciones financieras (bancos).